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miércoles, 6 de abril de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-04-06.


La pregunta era esta: “¿Cuál de estos tres nombres corresponde al autor del Quijote: a- Piqué; b- Cervantes; c- Shakira?”. La verdad es que en estos menesteres la cautela es fundamental. Se  alejó un poco de la pantalla del ordenador y resolvió practicar lo que Husserl llama epokhé (no tiene nada que ver con alguna postura del Kamasutra, además se hallaba solo, lo cual, dicho de paso, reduce drásticamente el elenco de fórmulas eróticas) y se puso a pensar… Por semiosis y razón deductiva, eligió la respuesta “a”. Apareció un mensaje: “Pruebe suerte otra vez”. Dado que la “c” producía el mismo efecto mediante el mismo mensaje, no le quedaba otra que hacer un clic en la respuesta “b”. Apareció un nuevo mensaje: “¡Enhorabuena! Ha sido elegido entre 1.000.000  de usuarios para el sorteo de un Mercedes SLK”. Puede que la vida sea una caja de bombones pero desde luego da unos giros… ¡Un Mercedes! ¡SLK!

Miren, ayer me llamaba mi hermana para anunciarme que, con su cuarto marido, acababa de dar a luz a trillizos –lo que le permitía llegar al número nada desdeñable de nueve descendientes-, y que una ayudita económica por mi parte sería gratamente recibida, entonces… Ahora que he mencionado a mi hermana, permítanme un pequeño aparte sobre el tema fraternal en general y el de mi hermana en particular: a los diecisiete, se enamoró de un soldado, decidió dejar sus estudios (que, con toda seguridad, la iban a llevar como mínimo a cajera) y al poco tiempo comenzó a engendrar. En cinco años añadió cuatro nombres a su tarjeta de la seguridad social. Su marido, que había dejado el prestigio del uniforme por el prestigio de las familias numerosas, entró en Wasp’wash Ldt. como ideólogo de superficie (lo que viene a ser algo como recoge mierda, pero en fino) con derecho a la palabra, o mejor dicho a “las” palabras, que eran tres y se organizaban de la manera siguiente:
                                               Sí  ↘
                                                           Señor
                                               No ↗
Pero no se quejaba e ideologizaba ocho horas al día antes de volver a casa y dejar que fuera mi hermana quien tomara las riendas de las actividades cerebrales. No, no se quejaba nunca, es más, acudía al trabajo con buen humor y unas palabras amables para sus compañeros de superficies. Además sabía que podía contar con el apoyo de la plantilla, las inocentes bromas y el acto anual de la empresa que organizaba, según los carteles repartidos por todas partes, una Cena de Id. (las malas lenguas, que son muchas y siempre dispuestas a soltar disparates, decían que era una cena de Idiotas; las otras, no tan malas pero tampoco compasivas, hablaban de una cena de Identificación; y las buenas, que son pocas y siempre discretas, se decantaban por una cena de  Idiosincrasia). En fin, supongo que la Wasp’wash Ldt. era para mi cuñado como una segunda casa, con la tremenda ventaja de no tener que aguantar a mi hermana que, después de sus cuatro puestas, cantaba de sol a sol – con esto no quiero decir que su tesitura era de una sola octava-, y cantaba peor que un gallo encallado. Sí, ella sí que  empezó a quejarse. A mi hermana no le bastaba la triste nómina que traía su marido a casa a final de mes. Le buscó más y más superficies de fin de semana –fueran ideológicas o no-, y le llenó la cabeza de promesas de felicidad basada sobre el bienestar fiduciario. Utilizó argumentos contundentes: “¡Si no sales de desgraciado gilipollas, te dejo!”; manejó el frío y el calor: “¡Si no sales de desgraciado gilipollas, nada de trikitriki!”; hasta atacó su lado más sentimental: “¡Si no sales de desgraciado gilipollas, me mato!”. Y un día (no este, sino aquel), agotado, asfixiado, estrangulado por tantas y tantas ideologías, mi cuñado comunicó a su Dulcinea el deseo de mandarla al carajo. Mi hermana le plantó su tenedor en la mano. El tenedor atravesó su mano y vino a clavarse en la mesa, de pino, de Ikea, y de reciente adquisición. El ideólogo liberó de inmediato la casi completa lista de variaciones sobre la entrada del diccionario “Me cago en la puta”, retiró el tenedor de su mano y se lo devolvió a mi hermana, básicamente en la yugular. Ambos sangraban, gritaban, maldecían y subieron a su Renault Kangoo customizado, camino al hospital donde tuvieron que aclarar el origen de sus respectivas heridas (explicaron que mientras ella estaba preparando creps –completos, con tomate, champiñones, salchichas de cerdo, huevos fritos y queso rallado-, él, emocionado por el balanceo del trasero de su esposa delante de las placas de cocina, eléctricas, de Ikea, y de reciente adquisición, se acercó para probar un coitus interruptus. Ella no se negó, pero en el momento cumbre, cuando el equilibrio de su entremezcla se había vuelto incierto, quiso asegurarse el cielo mediante un punto de apoyo a la altura de sus expectativas espaciales. Iba a clavar el tenedor que tenía en mano en la madera de la encimera pero dicho tenedor encontró desafortunadamente sobre su camino la mano de su marido…). La osadía de su discurso no dejó a nadie indiferente. Llegó la policía… Lo que viene a continuación ya lo conocen.
-¿Cómo?
- Pues sí, ya lo acabo de escribir.
-¿Qué pasó con la policía?
-Esto no importa.
-¿Qué hay de su “aparte sobre el tema fraternal en general”? ¿No le parece que si anuncia algo, tendría que corresponder a las expectativas que crea?
-En absoluto.
-¿Y se puede saber el por qué?
-¡Porque me da la gana!
-Profunda respuesta…
-No hay otra.
-¡Siento decírselo, pero usted tiene un morro! Se suponía que la vida daba unos giros…
-Sí, los que mandé a mi hermana para su alumbramiento triple.
-¿Y qué pasó con el Mercedes SLK?
-¡Qué sé yo!
-Es usted un embustero, un mentiroso, un… un…
-¿Quiere un sinónimo?
-Su crónica no tiene ni pies ni cabeza.
-Esto, lo dirá usted.
-Sí, exacto, lo digo yo.
-Bueno.
-¡De bueno, nada!
-¡En fin!
-¡Eso!
-¡Eso qué!
-Pues, se acabó.
-Pues, vale.
-Vale.

En fin, como dice mi compadre Nene: “Siempre nos quedarán Stephen King y أبو الوليد محمد بن أحمد بن محمد بن رشد”.

Puede que continúe…

viernes, 1 de abril de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-04-01.


Esta mañana, al despertarme, he visto mucho sol, he visto la primavera y me he sentido conmovida con enormes deseos de volver a mi lugar natal. Esta frase, la pronuncia Olga, una de las tres hermanas de la obra epónima de Chejov. Con la primavera, también vemos llegar los concursos literarios, los certámenes poéticos y toda una lírica amorosa que parece volver “a [su] lugar natal”, básicamente el de la ñoñería, de los buenos sentimientos y de la “elevación del alma”, de las almas gemelas, de los corazones, de las mentes enamoradas con el mar como telón de fondo,  un decorado amenizado por el viento rozando cuerpos desnudos sobre arenas calientes. Con esto tenemos configurada la postal primaveral que nos servirán aliñada mediante un largo etcétera de lugares comunes y de metáforas más gastadas que unas promesas electorales. Lo cierto es que las flores brotan en los versos de tantos poetas a lo largo de la historia que más de un jardín botánico se podría diseñar con ellas. Aunque no sienta una atracción especial por las manifestaciones vegetales, sí que me llama la atención la relación que existe entre el ser humano y su referente silencioso y odorífero, sobre todo cuando se trata de determinar el estado civil de su rebaño particular. ¿Cuántas Acacia, Acantha, Adelfa, Alhelí, Amapola, Amarilis, Azalea, Azucena, Celidonia, Dalia, Edelweiss, Eglantina, Gardenia, Gladiola, Hortensia, Iris, Jacinta, Lavanda, Lirio, Magnolia, Margarita, Narcisa, Orquídea, Rosa, Verónica, Violeta, Zinnia, cuántas? Sin embargo, y (casi) todo bien considerado, mucho más agradable es llamarse Jacinto o Narciso que Adolfo Hitler Flores de Valgas Alava, tal como lo encontramos en Chone, un pueblo de 20.000 habitantes situado en lo más profundo de Ecuador (si alguien tiene curiosidad por este pueblo y su ilimitada imaginación bautismal, pedid un deseo a santo Google, os responderá).

Sí, llega la primavera. Y también Antonio Vivaldi. Pero el muy bribón se las veía venir y compuso música para las cuatro estaciones, como para no tener huecos en su agenda. Sin embargo su primavera suele enternecer los corazones, y también las almas. ¡Ah, Le sacre du printemps!

En mi adolescencia, conocí (intentaba, no siempre con éxito, que fuese lo más bíblicamente posible) varias Verónicas. La primera estaba convencida de que su nombre se debía a la admiración de su padre por un famosísimo torero experto en este pase de capote que, según mi compadre Nene (ferviente admirador, sabio y enciclopédico conocedor del tema), tiene una relación estrecha con la tradición cristiana que nos cuenta cómo Verónica, durante el camino al Gólgota, enjugó el rostro de Jesús de Nazaret con un paño, dejando este último su imagen impresa en la tela. La relación entre la tauromaquia y la Verónica católica se debe a la similitud entre el gesto de Verónica con el paño y el movimiento del torero con el capote. De hecho, la estatua que se encuentra en la basílica San Pedro del Vaticano demuestra, no sólo que los disfrazados de las plazas taurinas no han inventado nada, sino que Verónica tenía ya cierta predisposición para engañar a los toros. “Mi” segunda Verónica nació en Benavente, en la provincia de Zamora, y su nombre se debe, según me contó, a la devoción de toda su familia por la Santa que se airea una vez al año durante la Magna Procesión del Santo Entierro el Viernes Santo. Hay que ir buscando el origen del nombre de la tercera Verónica en la desoladora pasión de su madre por un coctel llamado Bloody Mary que, por lo que he entendido, se conoce en España como María la paralítica o -y que nadie me pregunte el por qué- Verónica. La historia tendría algo que ver con un espíritu o un fantasma que aparece al pronunciar tres veces su nombre frente a un espejo. Personalmente, me pierdo un poco, y entre María la sangrienta, María la paralítica, la santa Verónica del Vía Crucis, la de Benavente y la de Roma empiezo a perder mi latín, mi cultura bíblica, mis nociones de tauromaquia y el hilo de esta crónica. Sin embargo, me he dejado a la cuarta Verónica en el tintero.

Un día (no este, sino aquel), la cuarta Verónica me dijo: “Llámame Rosa”. Al preguntarle el por qué, me contestó con una asombrosa naturalidad: “Ambiciono ser una chica picante, y la Verónica no da la talla”. Le devolví la réplica con los primeros versos de una poesía francesa aprendida (y copiada, a modo de castigo, cien veces por no sabérmela) en el colegio:

                      Mignonne, allons voir si la rose
Qui ce matin avoit desclose
Sa robe de pourpre au Soleil,
A point perdu ceste vesprée
Les plis de sa robe pourprée,
Et son teint au vostre pareil.

Me pidió que se lo tradujera, pero tuve que admitir que no tenía la menor idea y que aparte de las palabras “rose” y “soleil”, lo demás me era tan oscuro como la razón de los nombres de flores para las chicas, las coreografías de Pina Bausch, las palabras rusas Весна священная, y la música de Stravinski. Supongo que le decepcionó mi ignorancia del idioma galo. Nunca más la vi. La quinta y última Verónica era todo un poema. Le apasionaban la música medieval, las carreras de caballos, las faldas plisadas (¡!), los caramelos de bergamota, la luna llena y… la primavera. Se le saltaban las lágrimas al escuchar los versos de Rafael Morales:

Era una noche azul; la primavera
inundaba mis sienes y mis manos,
y era el mundo, muchacha, un fruto inmenso,
cálido, abierto, mudo y entregado.
o de Machado:
La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...

A pesar de ser un poema en el cual el autor nos habla de su juventud sin amor, Verónica se quedaba con el beso de los dos primeros versos y me iba repitiendo una y otra vez: “Sé mi primavera, seré tu arboleda”. La verdad es que su arboleda… ¡En fin! Y abría un pequeño cuaderno con un candado dorado para leerme las poesías que copiaba. Todas, sin excepción, hablaban de la primavera: Rubén Darío, “¡Divina Estación! ¡Divina / Estación! Sonríe el alba / más dulcemente. La cola / del pavo real exalta / su prestigio. El sol aumenta / su íntima influencia; y el arpa /  de los nervios vibra sola. / ¡Oh, Primavera sagrada!”; Constantino Cavafis, “La primavera entra en mí, oh alegría verdadera. / La risa es como un rayo de sol, todo de oro puro, / no hay otro jardín como el del amor”. Cuando pensaba su recital acabado, y mi recompensa por tan atento aburrimiento cercana (nadie pensará que sólo me empujaba mi amor al arte, además he aludido ya a su arboleda) ella encontraba una nueva página con un nuevo poema. Extasiada, la mirada berniniesca, respiraba hondo y seguía:

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

Una vez finalizada su lectura, comentaba: “Alfonsina Storni es como miel para el alma”. Se acercaba para susurrarme al oído: “¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera, / el secreto de la primavera”. Aunque hubiese sido sin duda muy contraproducente -eróticamente hablando-, ¡cómo me hubiera gustado acudir a Wittgenstein para contestarle: “De lo que no se puede hablar hay que callar”! Opté por otra táctica. Un día (sí, aquel), harto ya de tantos versos maravillosos, decidí también apuntar algunas poesías y una tarde (la de aquel mismo día), bajo la suave cabellera de un sauce lentamente balanceada por un delicioso y cálido viento, le leí los siguientes versos:

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales. T.S. Eliot

¡De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera!
(Yo, muriendo.) Nicolás Guillén

Cuando venga la Primavera,
si ya estuviera muerto,
las flores florecerán de la misma manera
y los árboles no serán menos verdes que en la primavera pasada.
La realidad no precisa de mí. Fernando Pessoa
Pues, no relataré cómo acabó la tarde, no, me limitaré a decir que, al igual que la realidad pessoana, Verónica no precisó más de mí. Así acabaron mis andanzas por la saga de las Verónicas, las arboledas, los sauces llorones, las almas gemelas, los jardines del amor, y puede que, también, de Vivaldi. Desde entonces, cada vez que me cruzo con una mujer de florido nombre, me tomo un cargamento de antihistamínicos -como mínimo para sobrevivir a la invasión de los corazones  en todas sus formas de polinización primaveral-, doy media vuelta y estornudo con el escritor colombiano Alonso Sánchez Baute: ¡Al diablo la maldita primavera!

En fin, como dice mi compadre Nene: “Siempre nos quedarán Corín Tellado y Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd”.

Continuará… o no.

martes, 22 de marzo de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-03-22.

Adoro leer los diarios de artistas. Es como probar, durante un tiempo, la camisa de otro, o, según el individuo, sus zapatillas, su pijama, su traje de cosmonauta o su tanga. Muchos autores suelen hablar de la dificultad de serle fiel al proyecto inicial que no es otro que mantener un rumbo lo más regular posible. Paul Valéry escribió su diario durante cuarenta años, cada día, de las cuatro a las ocho de la mañana. En cambio, otros son mucho más dados a los saltos, en el tiempo -según el humor o la necesidad-, en la geografía -real o imaginaria-, y van escribiendo como una mujer embarazada necesitando comer fresas a las cuatro de la madrugada (no me ha pasado nunca pero tiene que fastidiar). En este caso, la gran diferencia es que el diarista no tiene que despertar a ningún genitor para encontrar esta deliciosa planta perenne de la familia de las Rosáceas en medio de la noche. El diario es un género tan amplio que cuesta proponer una definición (por si alguien la quiere), puede que no sea más que una extensión del yo y una manera de combatir lo que Cioran llamaba la caída en el tiempo. Bueno, tomar una caña con unos amigos también… Admitamos que nos encantan las vidas ajenas, más aún si se trata de seres que, de una manera o de otra, han abierto una brecha en nuestro encarcelamiento existencial lleno de obligaciones, responsabilidades, imposibilidades, y un largo etc., tan tremendo como terrorífico.

Sí, adoro zambullirme en estos escritos que son la vida misma, su respiración, su crispación, su deseo de existir, su desesperación, hasta su asfixia. Hago como un paréntesis en mi propia vida, y me instalo para ver desfilar las sombras chinas de los demás. De repente existo de un modo nuevo, casi intacto. Como si hubiera firmado un pacto de no intervención y de no presencia. Sin embargo no tiene nada que ver con el cine o la novela: no soy un espectador pasivo e infantilizado en el primer caso, y no me identifico con un héroe de ficción en el segundo. La gran diferencia radica en el pacto tácito que existe entre el autor y el lector, un pacto de veracidad. En lo que se refiere a los varios tipos de escritos autobiográficos (memorias, autorretrato, etc.), el diario de artista tiene una especie de plusvalía por su contexto y su contenido: la creación, el poïen o la poïesis, es decir el hacer. En El Banquete, Platón define la poïesis como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. En el mismo diálogo, Diotima habla de la lucha por la inmortalidad directamente en relación con tres tipos de  poïesis: “natural a través de la procreación sexual, en la ciudad a través de la consecución de la fama heroica y, por último, en el alma mediante el cultivo de la virtud y el conocimiento." Dejaremos por hoy el primer punto porque, quizá más que buscar la inmortalidad, la procreación, según lo sugería Simenon, es una manera de crearse jueces y de vivir sin intermedio en una sala de audiencia (los abogados y demás gente de disfraz oscuro me entenderán). En cambio, las ideas de fama, virtud y conocimiento están directamente relacionadas con mi tema en el sentido de una trinidad de frecuente infidelidad entre las partes. Pero ¿qué busca el diarista y por qué el lector necesita creer que lee la verdad del otro? En su Dietario voluble (2008), Enrique Vila-Matas escribe:

martes, 15 de marzo de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-03-15.

 
¡Cumpleaños feliz! cantan los especialistas en desafinación. ¿Estamos tan seguros del sentido del término “felicidad” que podemos desearla a los demás? ¿Cumplir años da la felicidad?, ¿participa en ella?, ¿se supedita a ella? Además, ¿qué señala este día que llamamos “cumpleaños”? ¿Acaso hemos hecho algo para nacer? Quizá lo que invocamos cuando levantamos una copa burbujeante sea la pérfida caída en el tiempo que, por cobardía o miedo a lo desconocido, nos hace durar y apilar, año tras año, los elementos de una secuencia matemática irreductible. Más que la valentía, puede que celebremos la indolencia y la vertiginosa incapacidad de hacer otra cosa que apostar por el paso del tiempo.

Dejaré de lado la opinión de los que invocan un plan divino, el de una potencia superior y cuya voluntad no se cuestiona; también dejaré apartada la idea de reencarnación o de vidas pasadas, porque si no acudimos a esas parafernalias del más allá, a esas consoladoras promesas, nos encontramos metidos en un aquí y en un ahora que tiene escapatorias por lo menos escasas. Entonces, si Dios ha muerto (¡snif!) y Nietzsche lo ha matado (¡Será malo el Friedrich ese!), pues, ¿qué es lo que nos queda? ¿Buscar la felicidad?

jueves, 10 de marzo de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-03-10.

Mi madre tiene una gata o, mejor dicho, una gata tiene a mi madre. ¿Qué pasa cuando un animal se convierte en el más próximo horizonte de existencia de una persona? Jean-Paul Sartre tenía esta frase: “Cuando se quiere demasiado a los animales y a los niños, se les quiere en contra de los hombres”.  Recuerdo que un día (no este, sino aquel), en un parque zoológico, apareció un hombre que tenía a su hijo atado a una especie de correa acabada, a modo de collar, en cuatro partes que le cinchaban el pecho, lo que provocó el comentario de mi compadre Nene: “¡Otro que no pudo tener perro!”. Para añadir un elemento al tema, confesaré que durante unos meses trabajé en una empresa dedicada a la comida para perros y gatos. Esta empresa – de cuyo nombre no quiero acordarme-, disponía, para elaborar sus productos y sus estrategias comerciales, de un elenco muy variado de razas, tamaños, pesos de animales que los empleados llamaban los Invitados. Era evidente que antes de poner en acción sus mensajes publicitarios destinados a los dueños, tenían que satisfacer el olfato y las papilas gustativas de sus Invitados. Pero tanto en la manera de referirse a ellos como en el trato que les reservaban, los Invitados no distaban mucho de recibir un cuidado que muchos humanos acogerían más que gustosamente.

La relación entre seres humanos y animales, cuando no se trata de una relación únicamente basada sobre la alimentación, suele ser por lo menos curiosa.

martes, 1 de marzo de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-03-01.


 ¡ Socorro¡ Tengo un hijo adolescente (21 Edición, 2004) es el título de uno de esos libros cuyo propósito consiste en decirnos que no estamos solos, que nada está nunca perdido y que si tenemos el reflejo correcto (básicamente comprar dicho libro) no podemos sino ir a mejor (entendiendo que, de no hacerlo, lo peor es nuestra más inmediata perspectiva). Pero aquí no se acaba el título: Guía de supervivencia para padres desesperados. Así que el libro es para “padres desesperados” (es decir, la mayoría), trata de “supervivencia” (es decir, de salvación) y nos tranquiliza, dado que

martes, 22 de febrero de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-02-22


Los que tengan alguna idea de francés (hablo del idioma) sabrán que la palabra “face” corresponde fonéticamente al francés “fesse”, es decir que lo que en inglés significa cara, se traduce por culo o nalgas en francés. ¿Me seguís? Pues, el otro día (no este, sino aquel) me crucé con un antiguo compañero suizo de la escuela ESASE, donde trabajé unos meses, y después de dos o tres cañas me comentó que había montado en internet una red social llamada “Fessesbook”, literalmente el libro de los culos. ¿Y qué hacéis en esta página?, le pregunté, tan extrañado como dubitativo. Me contestó con rapidez y contundencia: ¡Ya que la gente piensa cada día más con el culo, por lo menos que lo enseñe! Me hice el graciosillo: ¿Y entre culos, se pueden hacer amigos? No captas muy bien la idea, me reprochó, medio enojado, lo que cambia no es el sistema en sí -se sigue mandando solicitudes de amistad, escribiendo comentarios en los muros, etc.-, sino el perfil, en vez de ser de la cara es del culo. Bastante poco convencido, concluí: Pues, entonces, sigo sin entender el interés de todo esto. Mi amigo suizo no se desanimó: ¡Es muy sencillo, es una manera de mandar las caras a la mierda!

lunes, 14 de febrero de 2011

Crónicas intempestivas, por Valentino Wajciechosczaf. 2011-02-14.


            ¡Ya está otra vez, ha llegado el 14 de febrero! Nada o poco podemos hacer, el 14 de febrero está por todas partes, nos inunda, nos invade, nos ametralla y escasos remedios nos quedan para no caer rendidos a sus pies. Por mi parte, un poco más de lo mismo, cada 14 de febrero recuerdo, emocionado, otro 14 de febrero, en Estrasburgo, cuando Luís el Calvo y Carlos el Germánico sellaron un acuerdo contra su hermano, el temible Lotario, para impedirle entrar en los pantalones de su abuelo, Carlomagno, y, de paso, coronarse como único heredero del imperio. Luís hablaba en romana lingua y Carlos en teudisca lingua. El texto fue redactado en los dos idiomas: Pro deo amur et pro christian poblo et nostro commun salvament, d'ist di in avant, in quant deus savir et podir me dunat, si salvarai eo cist meon fradre Karlo / In Godes minna ind in thes christianes folches ind unser bedhero gealtnissi, fon thesemo dage frammordes, so fram so mir Got geuuizci indi mahd furgibit, so haldih tesan minan bruodher. Pues, a mí esto me emociona, y bastante más que las promesas de amor ad vitam aeternam debidamente selladas mediante un diamante que, como bien lo decía James Bond, es para la eternidad, es decir suele durar más de lo que se supone que representa, he nombrado El Amor. Amor… San Valentín… Me pierdo en medio de tantos santos con el mismo nombre: uno en Roma, otro en Terni y el tercero en África, pero sigo sin captar muy bien la relación entre los mártires y el amor, y menos aún con los diamantes. ¿Qué el amor es un sufrimiento? Bueno, pensándolo bien… ¿Qué el amor es…? ¡También! La verdad es que no sé qué hacer, si ir a comprar unas cuantas rosas para el partido de los floristas o llorar con mi vecino Pablo la muerte de su gato Joseph Alois, no, no sé qué hacer. Sin embargo, ahora que lo pienso, creo que voy a poner una pizza en el horno y mientras tanto, asomarme por la ventana y meditar las palabras del poeta Geoffrey Chaucer:
            Porque esto fue el día de san Valentín,
cuando cada ave vino aquí a elegir su pareja.
Por suerte, queda poco para que este día tenga la delicadeza de dejarnos en paz durante un año, y como dice mi compadre Nene “Siempre nos quedará Abu al-Ualíd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Ahmad ibn Ahmad Ibd Ruxd".